El desfile de las bifurcaciones


El circo es un museo de nuestro asombro, me decían mis abuelos mientras arreaban a los elefantes nacidos con tres colas hacia sus jaulas, a un costado del herpetario de esas pesadillas bicéfalas que se arrastraban lengüeteando la arena para percibir con su bífida lengua las percusiones de los ratones con que se les alimentaba. Mis abuelos se llamaban Chang y Eng, en honor a esos hermanos de Siam, pegados a un mismo cuerpo a través del esternón, el hígado y un cartílago, con dos vidas distintas y dos caracteres distintos en ese lejano siglo XIX.

descarga

Ambos se sabían de memoria el libro biográfico de los nacidos el día de San Evelio en Samutsongkram el año en que Avogadro desarrolló su teoría molecular, ambos habían recorrido con suspicacia la obra escrita por otros dos siameses, los hermanos mellizos Irving y Amy Wallace: The Two: The Story of the Original Siamese Twins. Ambos habían dedicado su vida a leer sobre el origen y las características de los circos en la historia de la humanidad para convertir su espectáculo itinerante en algo más que acrobacias, mutantes y ritos paganos olvidados. Era inevitable verlos debatir sus ideas, a veces antagonistas, a veces complementarias, en torno a las aseveraciones de Linda Simon en The Greatest Shows on Earth: A History of the Circus. Y es que los lunes, el día que se descansaban con abulia medieval las funciones del fin de semana, se sentaban a medio día a disfrutar un café turco y entablaban una suerte de inventario de propuestas para mejorar el espectáculo, seguido de un insoslayable levantamiento de voz que precedía las sacudidas que simulaban una pelea, hasta que Grace les gritaba “estense quietos”. Después, confluían las ideas y empezaban las risas, las cervezas y la ebriedad, como un relámpago de algarabía.

Joseph_Merrick_carte_de_visite_photo,_c._1889Esa pasión fue la que los llevó a conjurar la circularidad de la diversión en el anillo inventado por Philip Astley en 1768 en Londres, para superar las acrobacias del arte circense ruso y francés, herederos de los saltimbanquis medievales. También soñaban con superar la exposición de prodigios y deformidades como las que convirtieron al inglés Joseph Merrick en una sensación contundente del síndrome de Proteo y a la hipertricosis de la mexicana Julia Pastrana en una celebridad de las excentricidades eróticas.

En las hendiduras de la normalidad consiguieron conquistar a la única Miss Universo recluida públicamente en un manicomio por un grado superlativo de bipolaridad: Grace Monroe. La californiana tenía afición por la alquimia, el hermetismo y la mitología. No podía ser una mejor coyuntura para que esos tres espíritus (aunque bien podríamos decir cuatro) pudieran confluir en un siniestro deseo erótico que rayaba en el espiritismo, el satanismo y el new age. Chang y Eng, además, se ahorraban los problemas domésticos que sí tuvieron los siameses primigenios al casarse con sendas mujeres en Carolina del Norte.

A mis abuelos les gustaba exhibir: las cenizas de Luis Barragán fraguadas en un diamante por Jill Magid; al reptil tegu blanquinegro macho de la Amazonía que todas las semanas cumplía una tentativa sexual con su pareja muerta, y cuando la descubría inerteclamaba como un lobo en luna llena una serenata gutural estremecedora, dos árboles “mágicos”: el bonsái del Ficus benjaminaMatapalo extranjero o Higuerote—  que estrangula, seca y truena los arboles contiguos, como una plaga, y al Solimansté o Duroia hirsuta del que nacen hormigas con cola de alacrán. A ello le seguían los elefantes con tres colas, las serpientes bicéfalas, los cancerberos. Mis abuelos eran devotos también de la mutación genética que produjeron los avances descubiertos en Chernobyl treinta años después de su explosión, así como la investigación, que revolucionó laagricultura, desarrollada en torno a las flores bicípites de Fukushima.hqdefault (1)

Pero el acto primordial, como un conjuro chamánico, era la narración oral de la historia del circo que teatralizaban mis abuelos con una manta y a media luz. La gente callaba estupefacta, abstraída en el poder evocador de sus palabras, con ese eco tan particular que se generaba en el pecho de Chang y Eng. Sólo hasta el final del acto –después de gritar una invocación sagrada en chino, arameo, náhuatl, navajo y guaraní–, se ponían nerviosos y tensos y contraían los músculos del cuello como hacen los actores, los cantantes y los ventrílocuos (acaso no son los mismo) para confesar, como si fuese un descubrimiento trágica y tenebrosa:

nuestro miedo es un museo del circo,

sólo hasta que las luces se encendían e iluminaban las pistas del circo, solo entonces el público descubría a mis abuelos siameses y se estremecía en un silencio absorto que lindaba con la revelación sagrada de un sacrificio secreto y subterráneo. El cuerpo, decían mis abuelos al unísono en un ademán de reverencia, es el universo de nuestra mente. Y nunca está quieto, siempre se despliega, crece, decía Eng con la fuerza espiritual de sus setenta años y el brazo moviéndose en las palpitaciones involuntarias del Parkinson.

Human_conjoined_twins_DSC09364

Por alguna extraña razón el público se tocaba, inmediatamente después de esa frase sentenciosa y lapidaria, se tocaban la boca del cuello, se tocaban el rostro, como si hubiesen descubierto algo nuevo en el espejo del circo. Y tocaban en el hombro a su acompañante en una aceptación cómplice del inédito suceso.

 

Mis abuelos tenían razón. El cuerpo siempre se despliega. Lo supimos cuando Grace confirmó la metástasis irremediable en su cuerpo. Siguió la convalencia de Janos y Abraxas, mis padres. Mi tía Verónica y mi primo Longinos, hijos de Janos, se fueron cada quien por su lado. Mi madre no pudo con la soledad y se avejentó en menos de un año, se deshojó completamente. Mis abuelos se hacían los fuertes, los muy hombres, los pilares de todo el circo. Y lo eran. Pero Eng empezó a beber de más, sin importarle ya las conversaciones con Chang, ni el destino de las arcas del circo, ni la pastura de los elefantes con tres colas o el tegu blanquinegro, ni los ratones que comían las serpientes. Se marchitaron el bonsái y el Solimansté. Tuvieron que cancelar el acto principal porque Eng estaba tan borracho que le impedía caminar a Chang ese 10 de mayo fatídico en el que tampoco se pudo cumplir la propuesta de matrimonio que había solicitado los siameses Irving y Emil a la madre de sus hijos gemelos: Julia.

1017916878_5411d3914b_zQuizá por cansancio o fastidio, Chang amaneció muerto un 11 de mayo. Su cuerpo se había convertido en una masa difícil de levantar, por lo que, ante el llanto que trababa la claridad en el pensamiento de Eng, no tuvimos otra opción: le apretamos el cuello con toda nuestra fuerza. Empujé los seis dedos de mi mano izquierda contra los tres de mi mano derecha para destrozarle el gañote a mi abuelo Eng, para que no sufriera la ausencia de Chang, para que no tuviera que arreglárselas con las convulsiones del Parkinson, para que no se diera cuenta que los circos estaban convertidos en fantasmas, en reliquia, en un museo.

Mi hermano se acobardó, titubeó al momento de asfixiar al abuelo Eng, se quedó detenido como un colibrí en el pistilo del tiempo. Tuve que dispararle. ¡Qué difícil es usar una pistola cuando tienes seis dedos! Ahora tengo que cortarlo de mi cartílago, quedarme con nuestro hígado y nuestro esternón, pero tengo miedo a no poder cauterizar la herida. Tengo miedo a que nos desangremos y sean los elefantes los que beban nuestra sangre.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s