Cancroinvadere


Empezaron a salir por las alcantarillas, se escurrían por las grietas de los grifos, emergían de los tinacos y los estanques como peces voladores disparados por una gravedad inversa cual si habitaran un universo ignoto.

Habitaron los herrumbrados arneses de los vehículos, los canceles de las ventanas, los postigos y las cercas, los muñones antes invisibles de los árboles, los huecos y oquedades de los páramos y las selvas y los bosques y los entresijos de los cactus en los desiertos

No había explicaciones sensatas para demostrar la invasión imprevista de los cangrejos en las altas montañas, ni en las ciénegas subterráneas de las ciudades de asfalto y hierro, ni en los altos andamios acrílicos o fraguados del sílice de los rascacielos.

Y no se sabía nada, por un sigilo siniestro y desventurado, de los destacamentos de sus exoesqueletos por las inmensas superficies submarinas, o en los delicados riscos de los arrecifes.

Y, como una estampida marabunta, su hambre langosta asomó por sus mandíbulas como maldición divina o como el sello infausto de algún demonio de cuyo nombre aún no tenemos el diagnóstico.

Eso explicaba el desánimo de la gente, la apatía en sus rostros, las extrañas epidemias de vómito y dolor de cabeza, el estremecimiento en los huesos por la más mínima ráfaga de aire y la sensación de vacío y hervor mientras comíamos.

Con un sigilo siniestro, los cangrejos nos habían invadido por dentro.

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