EL ESPLENDOR DE LAS TUMBAS




Blest be the man that spares these stones/

And cursed be he that moves my bones

Epitafio de William Shakespeare

En el escaparate de los clichés hay un imperativo fundamental: viajar. Viajar enaltece la tolerancia, sublima el pensamiento, enardece el alma. De eso no hay duda. Sin embargo, el sentido del viaje se ha transfigurado. Bajo el dominio del plástico y la fast food todo es distinto. Ahora los viajes son, en realidad: turismo; cultural, ecológico, religioso…, el que guste y mande, pero ese viaje que era la transformación espiritual del viajero, al más puro estilo de la peregrinación, ha desaparecido. La era delconsumo, en la apabullante mayoría, ha cooptado esa esfera para convertir los viajes en una infinita lista de comentarios y fotos complacientes en las redes sociales.

El sentido del viaje poco a poco se desvanece con la ayuda y la facilidad con que los medios de transporte han convertido las travesías largas, que en la antigüedad duraban meses, en unas cuantas horas. Otra piedra en la lápida del periplo como transformación del alma proviene de las estrategias comerciales del “Todo incluido” en los
paquetes turísticos. La complacencia y el mínimo esfuerzo ante cualquier costo. Y no es que no gusten ese tipo de viajes ilustrativos, placenteros y despreocupados, por el contrario. Sin embargo, el viaje es distinto del simple y llano turismo.

nekyia

Bajo la noción del viaje hay muchos matices simbólicos. Quizá los más conocidos son la catábasis-anábasis y la nekyia (ἡνέκυια). Los griegos le pusieron nombre a todo. Hay que apuntar que estos casos suceden prácticamente en todas las mitologías, como lo han mostrado desde distintas posturas Mircea Eliade, Carl Gustav Jung y James Hillman, entre otros investigadores de las mitologías.

La catábasis es el descenso al infierno (literal y simbólicamente) cuyo objetivo es canalizar el tránsito del héroe/protagonista para lograr una resurrección, una elevación: la anábasis. Jesús sería el ejemplo más simbólico y menos literal de este viaje espiritual. Por otro lado, la nekyia se refiere al presagio (casi siempre promisorio) de los muertos o fantasmas, es decir, los habitantes de la tierra de los muertos —sea esta infra o supra terrenal—. Su destinatario es siempre el héroe/protagonista del relato y, en el ámbito clásico, implicaba un viaje al inframundo. Los ejemplos son los de Ulises con Tiresias y Euriclea en la Odisea y de Eneas con Anquises en la Eneida virgiliana. En ambos casos, se atisba la tierra de los muertos.

Los cementerios son el reino de los muertos; el esplendor de las tumbas, un atisbo al pasado que pergeña el futuro. No sólo en un sentido menos simbólico sino literal. Los peregrinajes religiosos, sobre todo en la mentalidad medieval, eran una combinación de la nekyia y la catábasis/anábasis. El sacrificio corporal, la profunda reflexión durante el trayecto y la transformación espiritual fusionaban el viaje interior con el físico y geográfico hacia los lugares sagrados. Las tumbas de los grandes héroes espirituales y/o reales fueron lugares sagrados, por lo que se convirtieron en destinos de peregrinaje: Jerusalén, Santiago de Compostela, Medina, por citar sitios cumbres, seguidos de los miles de lugares en que se depositaron las minúsculas reliquias de la horda milenaria de santos con que lucró la Edad Media. Viajar era un rito para evocar la muerte y conjurarla, rindiéndole un culto subterráneo: visitar tumbas. La herejía parecería viajar a los lugares a des
cansar y a divertirse, puro turismo.

Dentro del turismo cultural, podemos enclaustrar un fenómeno que se bambolea entre ambas simas, esa suerte de peregrinaje secular que hacemos los profanos con fallidas ambiciones (profanas también) de adorar a nuestro artistas. Estos santos seculares son muy diversos: artistas, músicos, personajes de la cultura, tanto en el ámbito político como en el social. En esa fusión extraña que nos permite la actualidad, visitar cementerios es obligado para ciertos destinos de fama mundial. Uno de los más llamativos es Waadi Us Salam —cuya traducción es Valle de la Paz— en Naraf, Irak. Su tamaño lo hace parecer una pequeña ciudad en medio del desierto, la imagen precisa para confrontarse con nuestra fragilidad ante las intemperancias del medio ambiente, que a su vez están signadas por el martillo del tiempo. El hecho de que las invasoras tropas extranjeras lo hayan utilizado como resguardo para sus soldados refiere precisamente la resistencia espiritual a las eternas guerras de la humanidad del pueblo que ha crecido en lo que ahora es Irak.

Waadi Us Salam
El cementerio en Naraf

Probablemente los cementerios más famosos están en la Ciudad Luz: Pere Lachaise y Montparnasse, aunque Montmartre no se queda atrás. En ambos encontramos representado el halito de grandeza de los ciudadanos de a pie que conviven, tumba a tumba, con la inmortalidad de los artistas que Occidente ha enarbolado en sus altares. En ese mismo perfil, se encuentran el romano Cementerio Protestante de Italia, con los restos de Shelley y Keats; el londinense Highgate, con Karl Marx; el veneciano Saint Michele (“la isla de los muertos”), con Brodsky, Pound o Stravinsky. El bonaerense Cementerio de La Recoleta es visitado por los peregrinos de la mítica Evita, probablemente mucho más que por Perón. Entre las grietas de sus losas está Domingo Faustino Sarmiento, Oliverio Girondo, Bioy Casares. A Borges tendríamos que buscarlo en Ginebra y a Gardel en el cementerio de Chacarita.

La variedad de peregrinajes paganos de profanos que visitamos a nuestros héroes inmortales es muy disímil. Podemos buscar a Pedro Infante en Panteón Jardín de la Ciudad de México o a José Alfredo Jiménez en Dolores Hidalgo. O entrados ya en los servicios turísticos visitar las tumbas de Amalia Rodrigues al Panteón Nacional de Lisboa, de Jimi Hendrix en Greenwood Memorial Park (Renton, Washington), de Serge Gainsbourg en Montparnasse; de Micheal Jackson en su mausoleo privado en Forest Lawn Memorial Park (Glendale, California), así como a Bob Marley en Saint Ann (Jamaica) y a Elvis en Graceland.

En París, en el Barrio Latino, se encuentra el Panteón de París con su estampa neoclásica. La fusión de la oficialidad de las instituciones confirma el legado de sus huéspedes, mejor dicho, de sus huesos. El mismo caso que realizan las mexicanas rotondas de los Hombres Ilustres. En contraste, el Cementerio de Arlington (Virginia, EE.UU.) simArlingtonboliza el poderío del honor civil que representa el compromiso patriótico de sus ciudadanos, es decir, el sacrificio del individuo por la grandeza de la idea que representa su patria. Y de paso el enaltecimiento militar estadounidense. Eso es lo que revela precisamente que ahí se ubique la famosa “Tumba de los Soldados Desconocidos”, cuya lápida está signada por la frase: Here rests in honored glory an american soldier known but to God. De la misma forma se encuentra el “soldado desconocido” en el Arco del Triunfo parisino, al cual debe sumársele la puesta de sol que puede verse a través de él si uno se sitúa en desde los Campos Elíseos, lo cual catapulta la carga simbólica. En el otro lado de la moneda, podríamos pensar en la Necrópolis de El Cairo. Pero hay muchos más, el limeño Cementerio Presbítero Matías Maestro, el cementerio “alegre” rumano Cimitirul Vesel de Sapantza, el croata Migoroj en Zagreb. Ahí podemos incluir el Panteón Inglés de Real del Monte, así como la capilla donde supuestamente una pila de piedras de los devotos y agradecidos pobladores de Culiacán sepultó a Jesús Malverde.

Aun así, creo que hay otra vía. Junto con las plazas públicas, algunos parajes naturales y los tianguis (o equivalentes) con sus dotes gastronómicas y sibaritas, la visita a los cementerios es una de las maneras más fructíferas para conocer las entrañas de una cultura y vislumbrar cómo es que una sociedad o un país se relaciona con la muerte y con sus muertos. Y, por lo mismo, una forma de entender cómo se relaciona con la vida. Precisamente por eso los epitafios de la Antología Palatina, la Antología de Spoon River de Edgar Lee Master y Chetumal Bay anthology de Luis Miguel Aguilar son la refracción de la difusa imagen de una sociedad vista al trasluz de los epitafios en las lápidas de un cementerio. En esos se convertirán las lápidas de nuestra narcocultura, con sus mausoleos de fuego y plomo, una mirada a la sangre en nuestras manos y nuestras entrañas. Entendí aquello de lo que habla Valeria Luiselli en Papeles falsos: “Buscar una tumba en un cementerio es parecido a buscar un rostro desconocido entre la multitud”.

En ese atisbo, en ese instante, como dice Valeria Luiselli, “quizá sea cierto que una persona sólo tiene dos residencias permanentes: la casa de la infancia y la tumba”. ¿No es entonces la tumba un hogar, después de todo? Por eso me llena la memoria la mezcla del olor a humedad, el golpe del sol y el sudor y la revelación del espíritu viejo de la aristocracia mestiza de La Habana en el Cementerio Colón. Desde entonces, ca
da que viajo y turisteo intento visitar los cementerios; ahí descubrí el peso del salitre en el abolengo de los mausoleos, signados por los emblemas masónicos, o los de la realeza española, o los vestigios de la cultura francesa. Por eso me despertó la imaginación el poder económico manifestado en las tumbas del Jardín de la Almudena, en Cuzco, una que ciudad denota el señorío de los dueños del antiguo imperio inca —o de los dueños de las minas de Real de Catorce y Taxco—. El eco luminoso del barro oscuro de los cerros andinos añadió su lobreguez a las añoranzas removidas por la imponente lucidez de las piedras ancestrales. Estos cuatro cementerios me despertaron una nostalgia desconocida, que ahora me conduce a la necesidad de fabulación de los novelistas.

Para cuando descubrí la tumba de Marcel Proust en Pere Lachaise me reproché no haber continuado con los tomos posteriores a Por el camino de Swan de En busca del tiempo perdido. No fueron las lápidas de Chopin ni de Wilde, Moliere o Balzac, mucho menos la del Rey Lagarto las que me cimbraron. El azar siempre tiene un as bajo la manga. Fue la estela maya de Miguel Ángel Asturias, la reminiscencia del mundo prehispánico, la que me sacudió en aquella t200px-Asturias_gravearde neblinosa en París. El temblor democrático de la muerte y su devastadora intuición. Probablemente es una forma simple, torpe y elemental de la griega.

En Norwich las tumbas convivían con los pasillos a un mall o los camposantos servían de parque para los picnics de los peatones. Era de esperarse en un país en el que las atracciones turísticas incluyen fantasmas en hostales y castillos, a veces tan divertidos como el torpe personaje de Wilde en El fantasma de Canterville. Otra revelación fue el aroma del frío en el país de las postales, Suiza. Antes de subir al castillo que corona Gruyeres, al asomarme al acantilado para ver la lejana y sencilla iglesia, las tumbas de la misma resplandecían de flores. El invierno no impidió a los helvéticos habitantes del cantón de Friburgo pintaran de colores la nieve, así como los cirios y los cempasúchiles iluminan la noche del Día de Muertos en Janitzio. Su reminiscencia es proustiana, pues también descubrí lo delicioso que puede ser un museo en La Maison de Gruyeres. En la ciudad de Cartago, Costa Rica, comprendí que la grandeza histórica de una ciudad puede estar concentrada en la humildad, la modestia y la parsimonia.

Viaje o turismo, hay algo revelador en visitar tumbas. Los otros cementerios, donde habitan mis muertos, pertenecen a otra revelación y a otro infierno. Anábasis imposible de ningún Lázaro.

 

Publicado en revista Castálida, no. 56, Secretaría de Cultura del Estado de México, México, noviembre, 2015, pp. 28-34

11 Comments

  1. Carnal que buena prosa nos regalas en este trabajo, en lo personal me transportó a ciertas experiencias y a ciertos lugares que nunca he visitado pero que ahora creo conocer, felicidades hermano.

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