Muñecos, fetiches y utopías


Hace unas semanas le regalaron un muñeco a mi hijo, un perro de peluche que baila el gangnam style. El perro antropomorfo le dio miedo por sus movimientos casi autónomos e inesperados, algo inesperado para un niño con menos de un año. Sin embargo, a Momo, la nueva mascota, el peluche le pareció también algo siniestro, como si pensara: tiene vida propia. Los muñecos nos simulan; esa totémica representación de un humano es su virtud, su tétrica y maravillosa virtud. Junto con las estatuas (pienso de manera muy clásica, sin duda), fungen de manera ambigua con funciones menos inocentes de lo que parecen.medusa

De lo impuro

En las historia del arte las estatuas tienen un lugar al filo del castigo, de lo siniestro y de lo risible. La mirada de la Medusa petrificaba a todo aquel que le viera los ojos; una vez decapitada por Perseo esa mirada petrificante se convirtió en su mayor arma. Con ella el gigante Atlas se convierte en el enorme monte homónimo, allá en la lejana Etiopía. También convierte en estatua al monstruo marino Ceto que acecha a Andrómeda, al ejército de su rival Fineo y a su propio suegro. En contraste, Orfeo, después de bajar al inframundo para rescatar a su amada Eurídice, recién fallecida, es advertido por los dioses de no voltear hasta que no suba a la tierra, pero el ansioso Orfeo lo hace, Eurídice regresa al inframundo. Algunas versiones dicen que se convierte en estatua, aunque ni Virgilio ni Ovidio lo digan explícitamente. En el relato bíblico de Sodoma, Lot, avisado del castigo ardiente a la ciudad del pecado, sale de ella con su familia, con la misma interdicción: no voltear. Como toda prohibición incita a tranestatua lotsgredir la propia prohibición, su mujer sucumbe a la tentación convirtiéndose en estatua de sal. Incluso, muchos incauto han imaginado en formaciones rocosas a la desobediente esposa de Lot

En otro sentido, Pigmalión cincela una estatua femenina tan hermosa que se enamora de ella. Con intervención de los dioses esa estatua se convierte en mujer para placer del escultor. En una situación semejante, Joan Manuel Serrat hizo que un hombre se enamorara de un maniquí en De cartón piedra, que por la terquedad de los vecinos termina en el manicomio. Años después, los azares del destino revelaron al Eterno Enamorado de Hermosillo, un hombre que vivió una situación especular a la cantada por el catalán. En 1987 se estrenó la película “Me enamoré de un maniquí” en la que al protagonista, un joven James Spader, le sucede lo mismo que a estos pigmaliones.
Hay en todo este recuento un ligero hilo conductor, una suerte de potestad divina  (petrificar-prohibir/dar vida) que se conjuga y se revierte en quienes no tienen o no deberían tener esa facultad, ya sean héroes o personajes míticos o simple personajes de ficción. De cualquier forma, estos impuros y “humanos” protagonistas han sorteado las fronteras de su humanidad, para acercarse al ámbito de lo divino.

De lo siniestro

Tanto las estatuas como las reproducciones en cera tienen un lado siniestro, aquel unheimlich del que habló Freud, en el que tanta semejanza a los hombres es más bien sospechoso y acechante. La poesía ha hecho estatuas a aquellos hombres y mujeres que difícilmente expresan sus sentimientos, indescifrables como ente mecánicos “te has hecho unos ojos huecos, que no miran, y que no quieren que otros ojos […] los miren” (Xavier Villaurruria).

 

Los muñecos masificaron la lección ejemplar de las estatuas a niveles domésticos. La temática salió de los niveles divinos para transformarse en un instrumento de unificación en el comportamiento, casi de propaganda. Por ejemplo, las muñecas, pedagógicamente, se convirtieron en un instrumento de entrenamiento para las niñas, una forma de “educarlas” a cumplir el rol de género que les correspondía. Baste referir aquellos “juguetes” de muñecas embarazadas. El siglo XX convirtió a las muñecas en un estereotipo occidental de belleza y refinamiento: las Barbies, convertidas en un perfil y un prototipo de “feminidad”. En el lindero de la soledad, la incomprensión del vacío y la comunicación truncada, a un costado de la perversidad y el onanismo, las muñecas son suplentes del calor femenino a flor de piel.

Barbie-Cover

En la literatura, los muñecos han transgredido el límite del juego para invertir el orden y el equilibrio de la vida. Son más perturbadores que divertidos. Los muñecos o cobran vida o quieren hacerlo. O son el fetiche de un deseo incumplido. El más conocido seguramente es el muñequpinocho-pdfito de madera del romántico italiano Carlo Lorenzini (mejor conocido como Carlo Collodi): Pinocho. Si bien en la obra de Collodi, Pinocho termina ahorcado como castigo a sus excesos, la cultura popular acogió la versión de Walt Disney en la que finalmente cobra vida y se convierte en el hijo anhelado por Geppetto.
En el cuento “Las Hortensias” del uruguayo Felisberto Hernández, una serie de muñecas se posesionan de una pareja infecunda, unas veces supliendo al hijo inconcebible, otras como amiga de la esposa, o como la amante ansiada por el esposo. Las Hortensias se convierten en una obsesión delirante para ambos personajes, que se unen y separan a causa de las muñecas y los enloquecen. El polaco Hans Bellmer, surrealista e inquietante, realizó una colección de muñecas amorfas cuya imagen puede provocar repulsión o fascinar en su perversidad. En Las Violetas son las flores del deseo, la escritora mexicana Ana Clavel, basada en estos dos últimos artistas, cuenta la historia de Las Violetas, muñecas-fetiche que se comercializan en un afán parafílico, pero que en el fondo han de encubrir el deseo incestuoso del dueño de la fábrica por su hija. ¡Qué diría Freud!

 

En un tono más romántico, el Soldadito de plomo del danés Hans Christien Andersen también cobra una nocturna vida subterránea, aunque al final habrá de convertirse en un palpitante corazón de latón junto con la muñeca bailarina. En el cine, Pixar y Walt Disney también le dan vida y sentimientos a los juguetes de Toy Story, con el típico tono infantil Disney. Por el otro lado, el muñeco diabólico, Chucky, poseído por un dehina-matsuri muñecas japonesasmonio vudú causa estragos con su maldad, a quien se le sumarán luego sus terribles compañeros. El diseñador y director de cine Jan Svankmayer ha realizado distintos cortometrajes utilizando muñecos, con una estética muy particular, de la cual uno sale con una sensación de desasosiego. En Japón se celebra el 3 de marzo la Hina Matsuri, la fiesta de las muñecas, un rito de purificación en las orillas de los ríos.
Antes de la aparición de los juegos electrónicos, los muñecos habían sido los juguetes dilectos de la infancia. Pero, a pesar de su origen antiquísimo y de sus claras funciones pedagógicas, los muñecos tienen algo de siniestro, algo chucky-8302fque nos lleva a guardarlos por las noches, para no que nos vean dormir. No es fortuito que los artificios del vudú requieran un muñeco que represente a la víctima del “encarguito”.Más que juguetes, eran representaciones rituales de los humanos, objetos mágicos que reproducían un orden cósmico muy lejano a los fetiches de hoy.

 

 

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