Tesalia [1]


El secreto nocturno pende de la espalda, se cuelga arete del tañido de la flauta, siente arquear sus músculos, sus latidos hacen siglos de siembra y la mirada escapa a las sombras  de las ratas. Las brujas conjuran en Tesalia para hacer bailar a la luna. Eso dicen las leyendas.

Muérdago, centeno, cáñamo y huele de noche bambolean su piedad nocturna. En el mar las hembras afinadas en cellos comparten la melodía de las burbujas, así como comparten sus siluetas los búhos y lobos.

Hay un convite de luces y cometas. Es un ritual de piedra, sagrado cataclismo de estrellas, conducido por un grupo de hechiceras, viudas de Hamelin.

Habitantes de Tlön, sirenas nocturnas, se pintan el rostro con polvo de estrella y danzan en círculos concéntricos —siluetas del infierno sideral— que derraman sus pupilas en los dedos anillados de Saturno.

Estas  yermas  cortesanas,  concubinas  de  los  ángeles, evocan su vientre, pletórico de semen y se introducen perlas que les florecen orquídeas en la frente. El aquelarre es vendaval y caja de Pandora, agolpa la sangre entre las vísceras. Las brujas conjuran en Tesalia para hacer bailar a la luna. Eso dicen las leyendas.

Texto inspirado en uno de los Pequeños poemas en prosa de Charles Baudealire.

Publicado originalmente en mi libro Cuerda floja, Biblioteca Mexiquense del Bicentenario-EdoMéx, Toluca, 2010.

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