Los escalones rojos


Nací una noche en que los aires nebulosos de una mezcla fangosa de uranio, circonio y grafito —invisibles pero contundentes, como las katanas fraguadas a luz de la última Luna Nueva de verano— penetraban los cuerpos de toda una ciudad que terminaría por afantasmarse.

En la víspera, mi madre percibió el movimiento siniestro de una veleta que se derretía por la brisa de un viento frío, de ese 25 de abril de 1986. El viento del norte señalado por aquella veleta aceleró las contracciones de mi madre, que me expulsó al día siguiente como si el líquido amniótico en que nadaba fuera un riachuelo de navajas. Para el anochecer, la desolación en Pripyat, la agonía y la exaltación casi demoníaca en sus pobladores los aventaba a las calles como una estampida, como un huracán irremediable y salado.

“Llorabas muy quedito, como el musitar de las ardillas”, me contaba mi abuela antes de que su pelo color caoba se deshojara como los Bosques Rojos (eran marrones en realidad) de Chernóbil, y dejara huérfanas las siluetas de las golondrinas albinas que anidaban en la mancha de su cráneo.

            Nueve meses después mi madre se esfumó en medio un espasmo, como si se desparramara por dentro de ese frasco enverdecido que era su piel, mojada en más de siete ocasiones por esa lluvia maligna de Pripyat. Nos alejamos de su tumba y partimos hacia Oriente. Eso me dijo mi abuela, también que ya no tuvo tiempo para preguntarle: ¿cómo será el cadáver de nuestra ciudad, hija mía, cuando volvamos?; por eso le dejé en su lápida unas castañas para que se acercarán las ardillas como si fuesen un ramo de azahares. Tú eras una bebé que sollozaba su respiración, mientras todos temíamos los efectos de la radiación.

            Admiradora de la cultura japonesa y su devoción al honor, el primer recuerdo que tengo de mi abuela es frente a Gunkanjima, peinándose su cabellera color vino como si le diera vuelta a los engranes de su mente. Me decía: “Mira la Isla Amurallada”, mientras señalaba con la punta del muñón que culminaba su brazo izquierdo donde alguna vez estuvo una mano y un índice flamígero. “Ahí estaba la mina de carbón de los Kabushiki que llevaron la ciencia automotriz a nuestra ciudad perdida. Mi padre trabajó con ellos en los informes de contaduría y cercenaba capítulos enteros para llenar una biblioteca de libros mutilados, los cuales llevaron al cacique de la familia al seppuku, cuando se reveló el fraude en la fiscalía”.

            Tardé más de veinte años en entender el diálogo entre líneas con el que mi abuela trataba de explicarme los hilos rojos del destino, como los cabellos que se le caían. Pero ahora lo entiendo todo y, hoy, lloro su ausencia. Recuerdo cómo sus abrazos me embarcaban en un plácido lago en el que navegaba mi inocencia y en los que podía dormir como si nunca nada hubiera pasado. Lloro, sobre todo, la impotencia que debió sentir mi abuela en su pecho por nuestro diálogo roto. Su soledad se invadía de una alegría imprevista, que mi sonrisa detonaba. ¡Cómo quisiera abrazarla ahora y acariciarle su fleco color granate!

Tuve que crecer rápido y protegernos a las dos con el sudor de la frente y nuestro sumiso silencio sagrado de la civilización de los samurais. Ella tejía sus recuerdos con las memorias de su propio abuelo, o bisabuelo, ya no recuerdo con precisión, un minero que había fundado un imperio en 1779 en una vieja ciudad asolada por los cuatreros dominadores de los caminos, asaltantes de los trenes de la vieja Ruta de la Plata del Nuevo México español. En realidad se refería al Camino Tierra Adentro a Santa Fe o a uno paralelo más al Oriente. Quizá mi memoria no logra asir las diferencias entre ambas coordenadas o la existencia de otro camino desvanecido por la arena del Tiempo. Como ya se los dije, tardé mucho en entenderlo.

Recuerdo las descripciones emocionadas de mi abuela al recordar las palabras de su abuelo, o bisabuelo, al grado de estremecerse al contarlas mientras se recogía con su muñón izquierdo el fleco color carmesí, cada vez más tenue. Era un desierto lleno de biznagas —rememoraba como si lo hubiera vivido, ¿acaso no son así las memorias?— y florecían unos cactus subterráneos a flor de piso como por arte de una brujería pagana, y mientras detallaba las cosas y los aromas  me pedía que le rascara la mano desaparecida, “Tengo comezón en el dorso, este pinche miembro fantasma tiene hormigas que lo habitan como una ciudad en llamas”. Hoy, desahuciada en esta cama, descubro que esos cactus se llaman peyotes y la ciudad fantasma se llama Real de Catorce.

Con su epicentro borbolleante y sus réplicas profundas e impasibles pero firmes, a mis 16 años descubrí los terromotos internos de la intimidad con Yukio, el profesor de mi mejor amigo. A la par, mi abuela me contó la historia de Centralia, una ciudad a la que fue a trabajar su hermano como ingeniero para una empresa interesada en construir el tiro de una mina que habitaba en las entrañas de la tierra, a 700 metros de las madrigueras de los conejos que se multiplicaban como espigas en verano. La mina era virgen y repleta den tungsteno, oro, carbón y con altas probabilidades de diamantes.

Centralia

Una puerta al paraíso del capitalismo, decía mi abuela parodiando las expresiones parcas y militares de su yerno, mi padre, nacido bajo los designios marciales de los deseos estalinistas. Y se burlaba con un tono sarcástico y nasal al pronunciar el “camarada” a la menor provocación y con la estridencia que solo produce el delirio.  Pero un mal cálculo, una distracción, una dosis de destino, provocó un incendio en los andamios de los albañiles que tendían capas y capas de cemento. El incendio se extendió —me decía mientras se sacudía el cabello enrojecido— en ambos lados de esa escalera, se extendió hacia el centro de la tierra y por todas las galerías de la mina y se convirtió en una chimenea infinita, sentenció mi abuela con el aire grave de un conjuro mientras mis ojos descubrían esa indefensa demencia en su mirada que anunciaba el estallido de sus migrañas. Eso, un incendio infinito, le respondía, pensando en la piel erguida de mi profesor sacudiéndome por dentro como lo hacía ese duende terrible de la luz dentro de su cráneo.

“Deberías leer la leyenda de Potosí, niña”, me regañaba siempre al despertar de su estado de trance convaleciente. Y me explicaba con paciencia su teoría política, su complicada revelación en contra del capitalismo y del socialismo: “las sociedades colapsan por sus modos de producción, hija: si no somos unas termitas o marabuntas con los trabajadores, lo somos contra la naturaleza. Por eso nuestras huellas son lápidas. Eso dejamos en este planeta cuando nos vamos. Y por donde dejamos nuestro rastro todo es cementerio. Ahora son las minas, mañana serán las selvas y los bosques, después el mar y, al final, el hielo”.

Priapyat

            Después de una noche de pesadillas en las que recordaba Chernóbil mientras gritaba: “¡detengan esa brisa maligna por Dios Santo!”, mi abuela falleció mientras escuchábamos “You´re all I need to get by” con Aretha Franklin. Aún ahora no puedo cantar su estribillo, apenas musitarlo:Like the sweet morning dew, i took one look at you, / And it was plain to see, / You were my destiny. with my arms open wide”.

            Pero no lloré acariciar su cráneo donde alguna vez estuvo su cabellera color escarlata y la palma de su mano derecha. Ella amaba el soul y los discos que le había mandado su hermano durante su estancia en la Unión Americana. Por eso investigué un poco. Marvin Gaye compuso esa canción a Tammi Terrell, después de que su amada compañera se desvaneciera en sus brazos durante un concierto, justo en la fecha en que nació mi madre. Así que fui a Detroit a conocer el reino del Príncipe de Motown. Pero tardé mucho en entenderlo, más de lo que necesité para llorarle.

Como si las nubes del desierto se arremolinaran para formar una tempestad de polvo, las calles de Detroit estaban convertidas en un paisaje en ruinas. El santuario de una revolución industrial comandada por el profeta Henry Ford estaba devastado. Me dicen que ha renacido, pero en ese entonces no era así. El horizonte mostraba una agónica tonalidad del arrebol, justo como si el cielo exhibiera su semblante moribundo, como aquella la leyenda zapoteca del flechador del cielo que leí mientras buscaba la de Potosí. Sí, un guerrero, un arquero para ser más preciso, tenía por encomienda flechar al sol. Lo intentó durante todo el día, pero no lo logró. El guerrero murió con el honor en alto cuando descubrió al cielo sangrando mientras el sol se ponía, derrotado, en el horizonte.

El mismo color encontré en Varosia, la ciudad destruida por la epidemia de una enfermedad imprevista en las coordenadas ecuatoriales. También en el espectro de la nubes de Belchite, la ciudad natal del Dictador que arremetió en la batalla triunfal contra sus contrarios y contra sus propias raíces, como si con la devastación cancelara la Historia y la fundara de nuevo en el centro mismo de su cama, justo en la poltrona donde su madre lo pariera a costa de su vida mientras soplaba una brisa fría del Norte. O como en San Zhi, donde el meteorito intoxicó la raíz del agua que irrigaba todo el valle. O en Pyramiden, cuando se descubrió la cascada de navajas del cancer por el barro negro de la Montaña de los Dioses con el que tantas generaciones habían fraguado los cuencos para alimentarse o saciar la sed. O Tukushima, con la evaporación de los polvos fangosos de Erbio de la Tokyo Electric Power Company… Las ciudades fantasmas son órganos amputados de ese cuerpo amorfo, al que llamamos “sociedad”. Mi abuela y yo somos una ciudad fantasma.

Anoche el viento movió la veleta hacia la Cruz del Sur y la comezón de la migraña comenzó su desfile de hormigas en mi cabeza. Me rasqué con la mano izquierda y un mechón de mi cabello cayó al piso, como un destello color magenta. Es por la radiación. Una tos tímida grazna en mi cuello, una parvada de golondrinas albinas quieren aletear dentro de la yugular de mi cuello. Está por amanecer y el sol brilla como si no hubiera un mañana.

Escarabajos de Chernóbil

Versión original publicada en Castálida literatura expresión visual • número 1 • agosto de 2020 • Toluca, México • Secretaría de Cultura y Turismos – Gobierno del Estado de México

Fotos tomadas de internet

Efectos de la radiación en Chernóbil

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s