Apuntes sobre la pandemia


I

En 2017 ya se cosechaban lechugas en la Estación Espacial Internacional. Como Humanidad, habíamos podido sortear las complicaciones de ese entorno inexplorado, en pro o en contra: microgravedad, radiaciones, oxígeno, luz solar, etcétera. Incluso más allá de nuestro planeta, parecía que teníamos las cosas bajo control.

Enfatizo el sarcasmo anterior porque no hemos podido detener el cambio climático que es cada vez más evidente, al igual que la devastación de los ecosistemas del planeta. El coronavirus nos confirmó —con la brutalidad de todas sus muertes y transformaciones— que seguimos siendo tan vulnerables como cuando cazábamos mamuts.

El coronavirus y su impacto es otra de esas zarandeadas terribles al ego y a las certezas de la humanidad (occidental, si tenemos que ser más puntuales). Y se suma a la larga lista: la confirrmación del sistema heliocéntrico copérnicana, la teoría de la evolución darwiniana, la muerte de Dios de Nietzsche, el inconsciente freudiano (básicamente porque no contralamos ni nuestras pulsiones ni nuestros sueños), el principio de incertidumbre de Heisenberg, la falibilidad del método de Feyerabend…

Sabemos que el coronavirus —como otros virus SARS— es una enfermedad zoonótica, es decir, una enfermedad de un animal que ha sido transmitida a un humano. Ni la primera ni la última. La causa: hemos invadido el planeta. El filósofo surcoreano, Byung-Chul Han, lo resume mejor: “La pandemia es el resultado de la crueldad humana. Intervenimos sin piedad en el ecosistema sensible”.

Por la violencia de su viralidad y la facilidad de su transmisión, el Covid-19 nos puso de cara frente a un silencio atávico: la indefensión. Por lo que el golpe fue doble para nosotros, tan confiados en que ya dominábamos el universo. Esa indefensión expuso algo que habíamos soslayado: somos nuestro cuerpo y sus enfermedades, sus heridas y cicatrices, sus jugos gástricos, sus residuos, sus ampollas y arrugas. No el cuerpo de la mercadotecnia, ni el cuerpo fit o voluptuoso o eternamente alegre (tan presumido en instagram), ni el egobody, que cancelaban la vejez, la flacidez, la asimetría, la diferencia (racial), las disformidades y discapacidades. Por eso, Byung-Chul Han acierta al decir: “El virus es un espejo, muestra en qué sociedad vivimos. Y vivimos en una sociedad de supervivencia que se basa en última instancia en el miedo a la muerte”. Por eso inventamos el arte, las canciones, la literatura, la edificación y cincelado de la piedra, las vacunas y antibióticos…, para ganarle a la muerte, para engañar un poco al Tiempo.

Fragmento del texto “Apuntes de sobre la fragilidad”, publicado en marzo de 2021 en Detrás de las puertas, Cecilia Portilla L. y Yuriko E. Rojas Moriyama (coords.), Toluca: UAEMéx- Ayuntamiento de Toluca.

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