El asombro entre líneas


Pudo haber sido un lunes lluvioso como cualquiera o un martes nublado en el que casi te estrellas con la imprudencia del borracho al volante. Las casualidades son errores del destino, aunque siempre tengan un aire insolente, de emancipación al designio divino, una diabólica mueca de rebeldía. Ella entró como un relámpago con sus rizados torbellinos, negros y mojados, mientras el huracán le seguía hasta la entrada del baño de mujeres. No recuerdo su nombre, pero sí la estela lluviade lluvia en el piso. A pesar del tormentón y los cauces que su rastro dejaba en el piso, traía un semblante de agobio, como si la casualidad le hubiera jugado una mala broma o el destino se le viniera encima como una cascada. Pero su inocencia le congregaba el pudor en las mejillas, mientras me descubría persiguiéndola con la mirada, como sabueso tras la presa.

Sin embargo, era como cualquier día. Un miércoles nublado o un jueves en el que el tren se dislocó de sus rieles. Preguntar por qué el vendaval no me estalló su látigo en el ombligo o la causa por la que nos encontramos, no importa. Tampoco su nombre. Bien podría ser el de una princesa purépecha recién descubierta por las manos sacrílegas de algún conquistador andaluz. O el de una virgen empalada por sodomizar sus mascotas en las cercanías de Reims. O el de alguna sofisticada dama dando dátiles a las palomas, ceñidas sus alas en las costuras del escote. O el de una princesa andrajosa vestida huyendo de incógnito de la refriega. Todavía su nombre se me enreda en los labios y los dedos cuando llueve.

Al salir del baño escondió la cabeza bajo la nublada cabellera, que escurría como las hojas de un sauce. En su rostro le saltaban tres lunares, como si hubiera escampado bajo sus párpados. Como afuera seguía lloviendo, la confronté con la temeridad de quien se enfrenta, atado de las manos, a un pelotón de soldados, como el niño que ha visto la aguja antes de la inyección. Ella me dio su número y anotó su nombre en un papel rugoso. Pero en un arranque de frenesí, y con mi torpeza proverbial, hice un mal movimiento. El agua de jamaica convirtió los símbolos de aquel pergamino en una indescifrable frase árabe. Parecía una bandada de petirrojos en celo en el horizonte. Consciente de mi ineptitud, ensayé en el teléfono una escala infinita de variables a partir de los únicos cuatro números legibles con certeza. A la cuadragésimo tercer variable hola, te conocí ayer, ¿me recuerdas?, conseguí la respuesta afirmativa. Acordamos una emboscada de tazas de café agriamente diurético, pero no me atreví a perseguir su nombre. El balón estaba en mi cancha y todavía mis manos tienen descargas en sus electrodos dactilares, en la oreja de la taza, en la entrada del cine, en la pista de baile, en el vaso de cerveza, en la perilla de mi cuarto. Ella cernía su relámpago con la ansiedad de las gotas de lluvias que se atrasan dramáticamente en la cosecha. La noche nos descubrió la Vía Láctea sobre sus rizos, que me dejaron cometas en mi frente, mientras se abrsummer-evening Hopperasan drásticamente los ocotes en la fogata.

Al terminarnos nuestros cafés dejamos las sábanas revueltas y con un aroma que aún me sigue, como fiel sabueso, por las insípidas calles de la ciudad. Al primer grito del sol, ella me rodeaba el cuello con esas luces de fósforos de sus brazos. Eran delgados, fantasmagóricos, se irisaban hasta la escápula y el omóplato entre luciérnagas y fuegos fatuos. Temblaba cuando el frío se le escurría bajo la falda o entre su blusa y los desgastados jeans, como las ventiscas entre las grietas de las ventanas mal cerradas que nos estremecen en invierno, y a veces nos provocan un escalofrío y nos insinúan diablos, duendes y brujas que asan dragones y mandrágoras en sus comales.

Cada quien tuvo el tiempo para inventariar a sus muertos, a sus espectros y demonios. Pero me descarrilé. Nadie oyó el disparo ni quedaron casquillos en el piso. Para la cuadragésimo cuarta humedad, la espiral del infinito me coklein_boy_pointing_gun.jpg-4nfirmó que las paralelas no se intersectan. Perdí en la lotería del directorio telefónico de una ciudad que apenas escampa al alba. Del otro lado del teléfono se volvió incómodo descifrar los silencios. El margen de error es siempre tan grande: un pajar en una aguja. Quizá tengamos tiempo alguna vez, en otro vendaval, ¿no crees?, me respondió el verano pasado sin mirarme a los ojos. Por el callejón aún bramaban los sabuesos hambrientos de su aroma.

Entonces le dije: ¡jala el gatillo! El destino es un error de la casualidad y la suerte está echada.

 

 

publicado en CIENCIA ergo sum, Mar-jun, vol.17-1, pp.106-107

Imágenes: Cartier Bresson, E. Hopper, Klein

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