Una jugada inolvidable


Como el ambiente era muy incómodo, nadie sabía de qué manera comportarse. Como todos estábamos todavía sin saber qué hacer y mucho menos sin saber qué decir para quitarnos esa terrible y angustiosa sensación de culpa, ese manto pesado y sudoroso de la complicidad, nadie hablaba. Dolidos, derrotados, agobiados por la contundencia de los sucesos, el estómago ladraba un vértigo raro que se esparcía por todo el pecho comprimiendo los pulmones en un sordo grito. Probablemente nadie lo conocía. Pero no todos nos encontrábamos en el mismo círculo, los más peGloriaCockerqueños se quedaban guarecidos, cautivos, bajos los brazos de sus padres, incapaces de entender cuál era la magnitud de la situación. Otros, ya con un poco más de madurez, entendían de una manera callada, intuitiva, que las cosas nunca salían de la forma en que se espera, que la vida era una avalancha que se salía de control a cada instante, irremediablemente. Esa manera brutal de la vida de revelarse nos dejaba suspensos ante el golpe fulminante
de la incertidumbre, de la incomprensión, sobre todo cuando todos teníamos siempre la certeza paterna, que descubríamos impotente, precaria, frágil como cristal. Algunos más estaban de plano en otro círculo, en el último, el que da al otro lado del abismo.

— Ya sólo faltaban unos minutos. De verdad, unos minutos, ¡unos minutos!, ¿por qué todo se complica siempre al final? ¿No crees que hubiera sido mejor perder? Al final, qué importa un gol más o uno menos. Siempre existe la manera para reponerse. ¿No?

Era imposible no escuchar estando todo tan callado, tan impasible. Y tan oscuro. Nadie se quería mover de su lugar. Nadie quería hacerse notar. Todo estaba paralizado y daba una sensación de abandono. Nadie se miraba a los ojos. Parecía una corte marcial en la que todos los jueces eran culpables. Mudos, todos se culpaban entre sí y todos cargaban con una losa que bien parecía una nube negra a punto de llover. Pero sólo alguien como César podría estar pensando en algo tan frívolo, en algo que en realidad estaba por debajo de todo lo que nos reunía, subterráneo, aunque fuera en realidad su verdadero origen. Sólo César, el estrellita del equipo, el que metía los goles, al que le salía la “bicicleta”, los tiros con chanfle, la bailarina. César, al que las chavas buscaban en la secundaria porque era el goleador, el petulante, el único mamón que decía “gané”, y nos miraba a los demás con un aire de cabrón, con la superioridad que le daba haber jugado con el Morris, o haber entrenado en las fuerzas básicas de Epaminondas, o haber jugado en el equipo de Tardelli. Pinche César, se pasa de pendejo. ¿Tendría razón?

— Pues sí. A lo mejor tienes razón, pero qué importa… Ahora ya no importa. En una final, con el marcador arriba y con sólo unos minutos por jugar, era inevitable que saliera. Y tú, no lo viste, ¿verdad?

El únic000_BoscoInfiernoo que le tomaba importancia, el único que le hacía caso era el Cabe, y eso porque quería ligarse a su hermana, Georgina. Ella era un primor, todos lo sabemos y por eso aceptábamos lo altivo, las pedanterías y las jaladas de César, hasta los zapes que le daba a los más pequeños para hacerse el macho, el chingón. Georgina es siempre bien linda, y le coquetea a todos. Sabe perfectamente que todos la idolatramos, que es la primera mujer en nuestras mentes. Le encanta que la miremos cada que hacemos una buena jugada, y ella nos responde con una sonrisa esperanzadora, un sonrisa que todos tomamos como una ventana abierta. Pero sólo al Cabe es a quien ha besado. El Cabe se toma un aire paternal y nos defiende de las mamadas de César. Yo creo que por eso lo quiere Georgina cuando dice: “¡aaaay, qué lindo!, Cabe”.

— No. Para nada. Sólo pensaba que podíamos perder, que Gerardo podría equivocarse de nuevo como en el juego pasado. Sólo veía cómo Pedroza me había robado la pelota, cómo iba hecho la chingada hacia la portería, de frente. Quise voltear a ver a Gerardo, pero escuché el grito de la gente de la tribuna y sentí casi la sombra del idiota de Pedroza. Ya nos había metido un gol, y sólo porque le di un paso de ventaja, ¡un paso! No podía permitir que por mi culpa nos empataran. ¡Carajo! ¡Por Dios que no sabía que iba a pasar esto! ¡No quería que pasara!

Pedroza era odioso, sólo para César, y también mejor jugador. Siempre le ganaba los desafíos personales porque sabía jugar en equipo, sabía cómo hacer que sus compañeros jugaran para ganar, sabía muy bien cómo encenderles la mecha para que se rajaran el físico de una manera inteligente y entregada, como soldados eufóricos, pues él mismo los organizaba. Por eso siempre le ganaba a César, aun con el esfuerzo siempre inagotable del Cabe, que también era un buen jugador, pero ocasional, de suerte, aun con las maravillosas atajadas de Gerardo.Gaylord

— Nadie quería que pasara. Relájate, César, ¡nadie te culpará por esto! ¡Fue un accidente!, ¡entiende!

— Lo sé, lo sé… Pero cómo no culparme si fui yo quien… fui yo quien…

Todos volteaban a verse sorprendidos y llevaban su mirada hacia las palabras de César, al instante en que afuera empezaba a llover. Pedroza había sido el mejor jugador del torneo porque era un líder, alentaba a sus compañeros, agradecía sus esfuerzos, se preocupaba por sus vidas: Pedroza es leña, la neta. En cambio, César se la pasaba regañándonos cuando no dábamos bien un pase, cuando no cubríamos los errores que cometía en sus exageraciones, en su personalismo. Una vez, Gerardo le dijo que había jugado como burro, sin mirar a los lados. César se enojó y se le fue a los putazos. Tuvieron que llegar el Cabe y el entrenador, los únicos que tenían el forje para detenerlo. Incluso Pedroza, quien apenas iba a empezar a jugar llegó para detenerlo. Gerardo era su vecino y se llevaban bien, por eso fue a defenderlo. A César le tenemos el rencor del cadete a su sargento.

— … Sí, fui yo, ¡solamente yo!, quien se abalanzó con los pies por delante hacia el balón. Pedroza saltó, pero Gerardo, ¡Gerardo sólo recibió el putazo!, con toda la velocidad y con todo el odio que le tengo a Pedroza. ¡Yo tengo la culpa! Si no hubiera volteado, si hubiera sido más rápido, si lo hubiera alcanzado, si…

Todos se quedaron callados, sin creer que la soberbia de César podía quebrantarse por un momento. El Cabe estaba angustiado, no sabía cómo tratar a César. A los 13 años hay muchas cosas que todavía no sabemos hacer, cómo responder, de qué forma reaccionar.

— Sí, sí, ¡lloro porque yo tengo la culpa de que Gerardo haya muerto! Pude haber movido los pies a un lado, ¡qué sé yo!, algo.

Todos escucharon el trueno que afuera era ya una tormenta con sus feroces ametralladoras, infalibles, y también un río recorriendo la calle mientras sentían muy cerca del rostro el olor a pasto mojado que seguramente tendría la cancha en esos momentos, mientras recordaban la imagen del golpe frenético y el sonido seco y profundo, como de cañón, que salió expulsado del pecho de Gerardo, mientras escuchaban el silencio atónito de la gente que momentos antes vitoreara los goles que daban el triunfo, el campeonato, como recogiendo a los heridos en las trincheras, mientras rezaban con los ojos llenos de angustia al ver a Gerardo inmóvil y tendido en el piso. Todos escuchamos el sonido de la ambulancia más fuerte que del silbato del árbitro. Ninguno más atroz.

— Cálmate, no digas eso. No es cierto. Ambos iban muy rápido y Pedroza no hizo más que quitarse. Gerardo no te permitiría que tegoya culparas. Te hubiera aplaudido tu esfuerzo, corriste como un demonio para alcanzar el balón…

El veredicto era unánime. Todos habíamos perdido esta guerra, todos éramos desertores. Nadie tendría medallas de reconocimiento y, por supuesto, nunca nadie se acuerda de segundos lugares.

— ¡Estábamos a punto de ganar! ¡Carajo!

 

Imágenes: Gloria Coker, El Bosco, Gaylord O´Con, Goya

texto publicado en Ciencia Ergo Sum, Vol. 17, Núm. 1, marzo-junio, 2010, pp. 106-107 Universidad Autónoma del Estado de México México

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