Las luciérnagas


Mi mujer dice que trabajo demasiado. Que es una terquedad escribir una novela. Tiene razón. Ella es práctica, tiene la solución precisa, rápida. Yo excedo de paciencia. Espero que surja, de la nada, la solución a los problemas, aunque a veces no la tengan. Soy prudente. Ella dice que soy pendejo. ¡Cobarde, puto!, dice Judith encabronada. No me importa. Tampoco su insolencia. Sigo escribiendo. A veces me da insomnio y me paro a escribir, mientras observo los destellos de las luciérnagas a través de la ventana.

lightning_bugs_star_trailsMi mujer llega del trabajo tarde pero contenta, con una sonrisa insólita. Entre el sonido de las teclas, escucho su risa sarcástica: ¡cómo va tu novela, mi amor! Ríe y sigue su camino al baño. Se eriza las pestañas, se empolva los pómulos, se pinta los labios y se sienta en la sala como una Cleopatra posmoderna, con el pulgar hacia el piso. Me parece infernal. A veces su sonrisa es maligna, como si acabara de golpear a la vecina en esos arranques que le trisan el rostro dócil y le hacen saltar la vena de la frente. Terrorífica, como si sus fuerzas surgieran del mismo punto de apoyo, cuchillo, sangre. Sus fosas nasales se contraen en una respiración rápida y fragmentada, como el espasmo anterior al orgasmo. Pero yo sigo escribiendo. Es la historia de un hombre aburrido de su vida burocrática. Debería escribir sobre algún pintor surrealista y misterioso. Por las noches despierto con algunas revelaciones. Ejércitos de hormigas mastican mis nervios y me despiertan cuando muerden el que tensa mis párpados, el que percibe los sonidos en mi caracol, las sinapsis que se cruzan vertiginosas en una secuencia de imágenes, olores, sabores, sonidos, ideas. Ante la luz de las luciérnagas, descubro que se llamará René. Vive una vida normal. Remite oficios, firma oficios, archiva oficios, resiste los gritos de su jefe, su rostro endurecido ¡por tú incompetencia, me tienes harto!, ¡qué no sabes leer!, ¡este oficio lleva fecha equivocada! René aguanta las burlas de sus compañeros, ¡háganle ojitos al Topo!, los comentarios de su esposa Julieta. No, Julieta es un nombre muy gastado. Se llamará: Judith.

Mi mujer me reclama. No quiere que la abrace. Está harta, hasta la madre. Ni siquiera trato de adularla para que ceda como antes, cuando buscábamos la soledad de la casa ante el descuido paterno, los lugares más solitarios y oscuros por precaución, los lugares más bulliciosos por diversión, los lugares insólitos —el baño de los autobuses turísticos, una morgue, el confesionario en plena misa— por malicia. Ya no me divierte hacer circo, acrobacias juveniles. Mi mujer dice que perdí el vigor. Me obligó a ir a terapia. No logró nada.

chimotLa terapia me ayudó a recordar una etapa de mi infancia en la que escribía mientras mis padres se golpeaban, mientras mi hermano me tiraba los lentes y me ponía boca abajo y empezaba a jugar con mi cuerpo. Mi mujer dice que por eso no puedo dormir, que esos recuerdos me hacen temblar, que me despierto a medianoche pronunciando frases inteligibles, torpes balbuceos. Yo sólo recuerdo las luciérnagas. Aunque del otro lado de la pared escucho martilleos suaves e intermitentes, estampidas de cuántos-millones-de-soldados, golpes-en-mi-rostro-entumecido. Debe ser la historia de René. Me despierta, y me siento a escribir con esos minúsculos destellos como compañía. Podría vivir en René todo lo que no he vivido, lo que quisiera vivir, lo que nunca viviré. Pura literatura.

Mi mujer dice que pierdo el tiempo, que debería largarse… ¡Sí, tengo un amante!, Sus facciones se contraen ante mi indiferencia. Le brota esa sonrisa nefasta. ¿No te importa?, aúlla casi rabiosa, con una respiración rápida y fragmentada. Es perfecta esa imagen para la esposa de René que quiere asesinarlo por permitir que su jefe le grite y humille a ambos, ¡tu reprimida y cadavérica esposa me deprime, mándala a su casa! Ella quiere aniquilarlo por permitir que le digan Topo y que se mofen de ella. Apuñalarlo por ser el esclavo de su madre chantajista y traicionera, ¡deja a tu mujer, no ves cómo te tiene!, ¡es una bruja y me odia! Ella quiere que se desangre y escurra su pantano magenta por el piso y manche la ropa blanca que le lava. Por mediocre. Por cobarde. Por impotente. La novela ya tiene el motivo perfecto, aunque me vuelva loco y me estalle el cerebro. Aunque mi mujer siga gritando y me pegue con lo que encuentra a su paso. ¿O será mejor escribir sobre un pintor surrealista, misterioso?

El golpe de la cachetada me despierta. ¿No te importa?, no te importa nada… ¡que llegue tarde después de habérmelo cogido en un hotel barato y sucio!, ¡que lo haga por diversión! ¡Carajo!, ¡si no te importa, dímelo de una vez, y me largo!… Claro, ¡tu estúpida novela!, ¡me tiene hasta la madre!, ¡me das náuseas!,… No sé qué decir; ella empieza a llorar. Sabes qué… ya no quiero nada. Azota la puerta al salir. Una piedra destroza la ventana, ella querría que fuese una bomba que me desintegre, que me reduzca a polvo, a cenizas. Bueno, no tendría insomnio.

Mi mujer no ha venido por sus cosas. Mejor. Me ha dejado escribir como nunca. Judith ya se ha convertido en un monstruo que doblega al protagonista. Si no acabo pronto la historia, será más importante que René. Tiene carácter, fuerza, es real. Judith y René llegaron a su casa después de una pelea increíble; se golpearon. La gente en la calle los miraba espantados al descubrir tanto odio en tan pocas palabras. René, deprimido y derrotado, decide operarse los ojos y confrontarlos. Ella se alegra. Sus rostros ya no tienen la furia tiznándoles de desesperación, insultos y gritos. Anochece mientras se acarician detenidamente. Se besan con urgencia y ansiedad. Saborean una fruta recién descubierta en el desierto. Se erizan como gatos. Sus pieles empiezan a granizar, tibias y pantanosas, mientras la boca de René toca con su boca la de Judith y se le escurre hacia el cuello y le roza ligeramente la oreja y le muerde como una ciruela el pabellón de la oreja. Ella se estremece y recorre la comisura de los labios de René, quien la toma por la espalda y la voltea y ondea el asta del barco al viento de sus pechos. Los peces boquean, sus branquias piden oxígeno. El mar y sus cardúmenes se agolpan entre sus piernas. Judith se abre como un coral. Sus pistilos se erigen como pedestales en que abrevan moluscos y almejas. Y esparcen su polen. Ofrenda su húmeda lama a la boca ansiosa e impaciente del plecostomos. René es un oso hormiguero, un tapir escombrando blfsdxwcqaa8yexla maleza. La pira de sus cuerpos se irisa, sudan salados sabores, salpican sábila y salitre. En la nocturna parsimonia poscoital que exige el cansancio estallan las pavesas de las luciérnagas en su vuelo azaroso.

¡Dios mío que mierda he escrito!
Me levanto del escritorio y me subo a la silla de ruedas para prepararme un café. Mis piernas me duelen, me dan comezón. Me las amputaron hace tres años. El mito neurológico del miembro fantasma. La naturaleza humana, creo, como lo pinta René Magritte en su cuadro. Mi mujer acaba de despertar, sonriente. Se pone los lentes. Sin ellos no ve nada. Me confiesa un sueño extraño que la despertó, no el teclear incesante, los martilleos suaves e intermitentes, los ecos de un ejército marchando. Un sueño en el que me pinta unas piernas con las que caminaría de nuevo. Me pide que escriba algo sobre eso. Alguna ficción en la que recupere mis piernas. Miro mis muñones, mis piernas me pican. Quizá es absurda la idea de escribir una novela, pero no tengo nada mejor que hacer más que vivir en la ficción. Así duele menos la vida. Afuera, la luna se rodea de destellos de luciérnagas.

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