Tejer la oscuridad


“Nosotros somos la oscuridad. Fuimos hechos el octavo día. El día del que nadie se acuerda”

La literatura de Emiliano Monge no es un paseo por el parque. Exige siempre un estómago fuerte para afrontarse a esas verdades que, explícita o implícitamente, nos ponen lejos de esas comodidad de la mera expectación. En Tejer la oscuridad hay, además, apuestas entrelíneas que si bien son evidentes, no dejan de ser estremecedoras

este libro también fue un día nuestra memoria:

aquí nació el habla

que hace tanto se desató de aquello

que hoy —que es

también ayer y que es igualmente mañana— anudamos todo el tiempo

En Tejer la oscuridad, la distopía y la guerra de la que huyen los personajes asemeja una suerte de éxodo, que puede ser rastreada como un linaje bíblico de víctimas de una persecución relatada, de boca en boca, en los testimonios que van dejando los narradores. Por eso, la novela adquiere el tono de un entramado en el que se teje la historia.

Utilizando las tiras que hemos hechos con el pelo de los muertos y las fibras que arrancamos de las plantas y las bestias. Esas tiras en las que cada nudo y cada atado son un recién nacido o un enfermo, una camada de lobos o un grupo de exterminadores recién aniquilado

El símbolo del tejido se proyecta con la imagen del quipus de la cultura quechua en la disposición tipográfica de algunos capítulos. Y aunque suene a obviedad, también en la imagen de la portada dispuesta manera transversal, y no vertical, como siempre. De tal forma, la novela refleja una concepción más profunda: tejer la historia verbalmente, es decir, narrándola, significa construir la memoria. En este caso, la memoria de una casta de forajidos que huyen de una persecución que es la de la violencia misma, la del exterminio.

Pero también huyen de un mundo resquebrajado, como lo refleja el mapa, cuyas coordenadas sirven de título y de rastro del éxodo; un mapa que parece el reflejo de la fractura de las masas continentales. Por eso las citas insertadas durante la novela pertenecen a los textos que hablan sobre el trauma de la conquista, esto es, del colapso de un mundo. Esta estrategia creativa ya se había mostrado con el Infierno de Dante y los relatos de los migrantes en Las tierras arrasadas.

Nosotros somos

lo que queda, lo que vuelve

a nacer, lo que se multiplica, somos la vida, la muerte y el

trámite entre una y

otra.

La literatura de Emiliano Monge es una de las más solventes y, quizá,  la más experimental de la narrativa mexicana actual. Los distintos registros que ha utilizado en sus obras dejan claro que la pluma de Monge se atreve a romper su propio esquema. Lo sabe y se regodea en retarse y en asomar la cabeza victorioso. Además, está claro que todavía tiene latente mucho por escribir; esas son buenas noticias no sólo para sus lectores, sino para la literatura mexicana que parecía estatizarse. Con Monge, Valeria Luiselli y Fernanda Melchor a la cabeza se revivifica y se consolida una generación muy superior a las inmediatas anteriores.

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