En el cementerio


Mira esta lápida: está abierta.

René volteó con un nudo en la garganta pensando que alguna calavera habría de levantarse para llevárselos a los reinos de ultratumba. Pero no pasó nada. No había nada diferente a lo que ya habían recorrido durante tres pasillos. Tumbas polvosas, signos ilegibles, ratas, humedad, piedras y más piedras y polvo.
Se detuvieron en una que parecía tener una mancha de agua en la lápida.

La voy a mover… Ayúdame, está pesada.

Era una lápida demasiado pesada para dos púberes floreciendo. Así que Marie-Hélène se paró encima de la mancha de agua. Quiso brincar encima de ella, pero la piedra comenzó a resquebrajarse con un rechinido que parecía el crujir de una puerta vieja y desvencijada. Se hundió el pie de la niña, quien gritó con espanto y desesperación como si fuera cierto que alguno de esos fantasmas se retorcían de rencor encadenados al mundo de los muertos por una mala acción, o el cadáver recién despierto de una momia de alguna familia de abolengo destruida por el asesinato de algún abuelo que no quería dejar la herencia. Marie-Hélène jaló su pie atorado en la lápida y ésta se abrió en una forma muy parecida a la de un cráneo roto.

Mira, René, se puede ver adentro, asómate.

¡Estás loca!

Está bien, lo haré yo.

Marie-Hélène metió la cabeza con dificultad.

Aquí apesta, René, huele más feo que tus pies, y hay arañas y gusanos.
Justo en el momento en que Marie-Hélène quiso sacar la cabeza para seguir explicándole a René lo que había en el interior, se atoró. La cavidad había cerrado su boca, como una mordida. Con las manos en la lápida para empujarse, Marie-Hélène empezó a sentir una ligera descarga eléctrica de terror.

¡Sácame, René, sácame!, ¡me ahogo!
La voz de Marie-Hélène sacudió el cuerpo de René como un relámpago, con esa velocidad y ese asombro mágico colindante con el terror sagrado de la destrucción. Pasmado, al mismo tiempo, por la impensable posibilidad de que un muerto estuviera deteniendo a la niña con voz de jilguero, René tardó un segundo en responder al grito de su amiga y a distinguir la voz gruesa y enojada de un sacerdote al fondo del pasillo.

¡Sácame, René, aaaaah!
Al jalarla por los hombros, Marie-Hélène por fin pudo sacar la cara de la lápida, que terminó por romperse a la mitad, al tiempo que se abrió una oquedad que les permitió ver, al fondo, tierra y algunos insectos, nada más. Estremecidos de miedo y también decepcionados de la simpleza de la revelación, salieron corriendo, desesperados, con la angustia en los pulmones.
Corrieron con todas las fuerzas que sus cuerpos les podían ofrecer, como almas que lleva el Diablo, ignorando los improperios del sacerdote que les llamaba y les seguía a paso lerdo y avejentado, maldiciéndolos como si fuera un borracho en duelo a muerte.

Corrieron entre lápidas de antiguos barones y soldados y antiguos amantes cobardes que adolecieron del arrojo para llevarse a la amada fuera del pueblo. Corrieron entre lápidas de panaderos y devotos masones y periodistas sin talento, entre lápidas de cobardes y pusilánimes, entre fechas borradas y piedras lajadas, resquebrajaduras de mármol, flores marchitas y lágrimas secas.
Aplastaron con sus suelas dóciles, ingrávidas, los pétalos de las flores callejeras que Marie-Hélène había tirado al entrar. Corrieron con el frío de la adrenalina recorriéndoles el cuerpo, corrieron entre las caries de la boca de lobo del miedo. Corrieron por los tres pasillos, pisando los musgos y espantando a las ratas, hasta que por el pasillo se abrió la salida hacia la calle, por la que entraba un haz de sol que irradiaba un resplandor crepuscular.

Afuera, entre una columna de piedra rota y las hojas caídas de los árboles del cementerio, la luz del día alumbraba los cuadros de un pintor callejero. Una vez fuera, ambos niños se detuvieron a tragar bocanadas de aire, apresurándolo a sus pulmones. Y lloraron entre risas y carcajadas mientras el pintor los admiraba como si fuesen una epifanía. Y vieron la silueta del viejo sacerdote al fondo del pasillo, lento, jadeante, y con una sonrisa cómplice: ¡Niños cabrones, traviesos demonios!¡Carajo!
Y rieron, lloraron, sufrieron espasmos de cansancio.

Y se dieron un beso,
el primer beso,
el infantil umbral de deseo y devoción, el primer escalón de una infinita escalera de expectativas que abren la boca del estómago a un palpitar que simula el hambre pero la supera. El primer beso: castillo de legendarios cuentos de hadas, caballeros y dragones. La sensación tibia y húmeda de los labios del otro convirtiéndose en la campanada inicial de un nervio que tensa el corazón con sus nudos apretados en las puntas de los dedos:
un beso rompe el tiempo:
un beso es un espejo

Fragmento de la novela «El alfabeto de las revelaciones» (UAEMéx, 2021), publicado en octubre.

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