Límites del cuerpo


El viejo adagio platónico de “mente sana en cuerpo sano” es quizá uno de los clichés más gastados en torno a esa idea aristotélica del punto medio, el equilibrio. A mí me interesa pensar y hablar sobre los desequilibrios, los del cuerpo, exceder el peso en la balanza para entender cómo funciona su engranaje. Porque el cuerpo es nuestro asidero al mundo, su contacto primordial y primigenio: “El cuerpo es el único horizonte (Redeker, 88)”.

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Sé que estamos acostumbrados, buenos católicos, a asumir la superioridad del alma, o del espíritu (esos conceptos inasibles y mucho más difíciles de delimitar, por etéreos, sublimes y “trascendentales”) casi por default. A través de ese cristal con que se mira, se nos escapan muchas cosas. Más allá de lo “espiritual”, los límites del cuerpo son mucho más inmediatos, perceptibles y reactivos; pues “no hay nada en el conocimiento que no haya estado primero en todo el cuerpo” (Serres, 77). Con el cuerpo nos asimos al mundo. lo deglutimos, lo defecamos, lo excitamos, lo hacemos sudar, sangrar, hasta desvanecernos en él.

En nuestra época es precisamente el cuerpo el blanco primordial del comercio, del consumo, de la producción, de la publicidad. Y es que sería difícil encontrar algo que no incida o se consuma mediante el cuerpo: comidas, bebidas, deporte, sexo, excesos o limitaciones (por ejemplo, drogas o dietas). Por eso, “el cuerpo sigue siendo el soporte de la intuición, de la memoria, del saber, del trabajo y, sobre todo, de la invención” , dice en Michel Serres, en Variaciones sobre el cuerpo (p. 51). Y en ese soporte, en ese cimiento, hqdefaulthay horizontes, fronteras, extremos que pueden extenderse, estirarse, hasta ampliar sus propios linderos. Me refiero a situaciones muy bien delimitadas entre esos puntos que van de los límites de nuestras capacidades hasta los umbrales del esfuerzo, el dolor y el desfallecimiento. Justo en ese sentido: “La capacidad de sentir dolor, de trasformar el sufrimiento en dolor, es la marca del alma” (Redeker, 96), entendiendo más como un signos, un tatuaje simbólico de flexibilidad en cuanto a tolerancia, vigor y vehemencia En ese extraño vértice es donde confluyen el alma, el espíritu —ese inasible energía que da aliento divino y conciencia a un ente— con el cuerpo. Me refiero a esas situaciones extraordinarias, improbables, en las que confluyen una superioridad espiritual manifestada en un esfuerzo sobrehumano realizado por el cuerpo, ambos sintonizados. Hablo del deporte, la guerra, la sexualidad y el misticismo. De manera involuntaria, también la enfermedad estaría implicada.

El deporte es la forma más puntual que ejemplifica mi tesis. Desde el montañismo hasta el maratón, “el entrenamiento —que lleva al corazón a aguantar la maratón o forma los músculos para soportar pesas demasiado cargadas— negocia sus posibilidades hasta la vecindad de la muerte, lo mismo hacen el accidente y la enfermedad” (p. 55). Con cada entrenamiento se extiende, se estira ese umbral limítrofe de nuestras capacidad; se aumenta la resistencia, el dolor, el esfuerzo. Pero es en la competencia donde se lleva todo al límite. La mejor muestra de esos límites estiradas hasta el dolor y el desfallecimiento es el dramático caso de la maratonista Gabrielle Andersen en los Olímpicos de Los Ángeles 1984. A ella podríamos sumarle, el tesón y empeño de Pistorius [antes de sus implicaciones en la muerte de su pareja, que giran en otro ámbito] o el caso excepcional de Jennifer Bricker, junto con el de todos los atletas paralímpicos. Pero conozco casos mucho más domésticos e igual de contundentes: la maratonista mexiquense que al terminar la carrera —lograda la calificación a los Juego Olímpicos— se desmaya o el amigo que golpeado, recién infiltrado, rebasa, por puro corazón a más de tres jugadores para salvar su portería.

El deporte es una pedagogía social, una forma de enseñar a los implicados cómo comportarse; también en ese sentido se estiran los umbrales del “alma”: me refiero a ejercer la tolerancia al fracaso, la devoción al esfuerzo, la empatía con el compañero y con el rival, la convención de las reglas. “El deporte moldea al hombre” sabe bien el polemista Redeker (127). Se domestica, pues, el cuerpo a la vez que el pensamiento y el espíritu.  El origen olímpico del deporte es sintomático, y por demás bélico —justo como lo es el ajedrez—; las primeras pruebas tenían que ver con la guerra: pugilato, lucha, lanzamiento de jabalina y disco, salto de longitud, carreras de cuadrigas. Incluso la tregua divina que condenaba toda acción bélica durante tal licencia. Pienso, en esa tregua del combate cuando las corredoras Nikki Hamblin y Abbey D’Agostino perdieron las posibilidades de triunfo y encumbraron, esporádicamente, el compañerismo. Todo aquel que ha jugado, en serio, que ha competido a tope lo sabe; todo aquel que ha compartido la cancha con alguien estima de una manera cómplice, fraterna y casi devocional a ese “alguien” con quién combatió a su rival.

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La competencia en el deporte sublima la pulsión de la agresión, sublima la violencia, la dosifica y la purifica, en el más puro sentido catártico. Además, le impone reglas y convierte esa violencia sublimada en un ejercicio de caballerosidad. Serres (p. 52) lo dice mejor que yo: “El espíritu de equipo se construye dominando el fuego de la competencia y respetando las decisiones del árbitro; los deportes colectivos nos enseñan a luchar, juntos y jurídicamente, con nuestros adversarios, contra la agresividad, la nuestra y la de ellos […] Desde los albores de la historia nos reunimos para luchar juntos contra la violencia, contemplándola”. Los cuerpos que no liberan la energía de la agresión la acendran y la revientan, como explosión, en el ámbito doméstico, no en el ritual. Por eso las Olimpiadas griegas eran, simbólicamente, la mejor forma de mantener el espíritu bélico encendido sin la intensión de generar ninguna contienda frontal. Una válvula de escape que servía también como entrenamiento,

La guerra es un estado de excepción, una situación limítrofe [justo de la que hablaban los existencialistas] que nada tiene de convencional, cotidiana ni común, por más que la historia de la humanidad nos lo demuestre. La superación de los límites del cuerpo, la fuerza que inyecta el espíritu en él son mucho más categóricas que las situaciones creadas en el deporte. Claro, sin el apoyo de los “entrenamientos”. Por eso Fidípides murió cuando corrió ese maratón primigenio en la Grecia antigua, es decir, no hubo una superación día con día del límite del cuerpo, de su esfuerzo, porque lo que el desfallecimiento fue su destino. En ese sentido, las hazañas bélicas, humanitarias, son mucho más épicas y heróicas. También por eso quiero usar como muestra, el caso de la ahora refugiada en Alemania  Yusra Mardini. En la urgencia de huir de la guerra, la nadadora jaló durante tres horas el bote en el que también huían 20 personas. A esta historia se le podría sumar una infinita cantidad de anécdotas reales de todos los soldados que han sido condecorados en la historia de la humanidad, además de miles de historias que se perdieron en la niebla de la memoria y el tiempo.

La sexualidad es, creo, el ámbito más común en el que estiramos eso límites del cuerpo con el objetivo de intensificar el placer, de dilatar y tensar ese instante fugaz de explosión: “El extasis supone el equilibrio y, lejos de quebrarlo, lo supera” (Serres, 40), lo excede. No sólo en la carne misma sino más allá, como bien lo señaló Bataille (p. 23) “lo que está en juego en el erotismo es siempre la disolución de las formas constituidas”. Precisamente por eso, señala Bataille, el orgasmo es un desfallecimiento al cual le han llamado “le petite mort”, la pequeña muerte. En ese sentido, el estado de excepción, es el hambre infinita del deseo, del placer erótico, suponiendo sí existe la saciedad.

En esa misma avidez, confluyen el misticismo y el erotismo. Con la distinción de que “El santo no busca la eficacia [del placer, del orgasmo]. Lo que le anima es el deseo, y sólo el deseo: en eso se parece al hombre del erotismo (Bataille, 254). Y ese deseo es el vínculo sagrado con Dios: “Estos trances, arrebatos,y estados teopáticos que a porfía han descrito los místicos de todas la sobediencias (hindú, budista, musulmana o cristiana […]) tienen el mismo sentido: siempre se trata de un desapego respecto del mantenimiento de la vida […] que se libera de repenteen el desbordamiento de un infinito  gozo de ser” (Bataille, 252). La vida terrenal no es tan importante como ese “infinito gozo de ser” y estar conectado con Dios de los devotos en los trances místicos, que van desde la sublimación del dolor de los mártires hasta el éxtasis.

A través del dolor, corporal, el devoto ofrendaba su alma sacrificando los placeres corporales, paradójicamente.”El cuerpo nos enseña ese excedente, donde se engendra toda desmesura, perversa o divina”, dice Serres (p. 127), la desmesura mística que va desde  el simple ayuno, pasando por la inanición de Giussepe di Copertinoo Catalina de Siena hasta el dolor de San Eramos de Formia, San Sebastián o el mismo Cristo.

El último ámbito es el de la enfermedad, en donde mejor se entiende el dolor, cuyo límite, al igual que los anteriores, es —siempre— la muerte: “La sensación guía la vida, el dolor advierte la muerte” (Serres, 56). El colapso de los mecanismos del cuerpo implica la operación de otros engranajes que permitan suplir esos mecanismos colapsado, desde los que han perdido un sentido hasta los que experimentan el síndrome del miembro fantasma, desde los que pierden el gusto en una simple gripa hasta los que sufren una fractura, desde los pierden un sentido y lo suplen con los restantes hasta los que el experimentan el síndrome del miembro fantasma, desde los alérgicos hasta los desahuciados.  También aquí podríamos pensar en la peso que sostienen los familiares que funcionan como enfermeros (cfr. Kraus).

Todos estos ámbitos nos llevan a la expansión de los límites del cuerpo, a ese trance que producen el ejercicio, el dolor, el placer, la tortura, el calvario. Serres lo resume muy bien: “El apoderamiento casi divino del organismo por el pánico se emparenta con la posesión diabólica […] algún demonio se adueña de todos aquellos que se presentan en la escena de su teatro, en una danza desordenada hasta la parálisis, entre gritos, rictus, vómitos, sudores abundantes y helados, catalepsia y luego desmoronamiento de los músculos, relajamiento de esfínteres, hediondez de espantosos regueros, agonía. Ese gran miedo, el verdadero, desencadenado por un monstruo que aliena tu cuerpo” (Serres, 38).

En cualquier caso, es el desequilibrio el que hace que los vértices se abran y los límites se expandan. El desequilibrio como constante repetición de un esfuerzo que puje por salir de sus propios linderos, lo cual no deja de ser una situación anormal o excepcional, pero que bien puede convertirse en la constante más básica: el cambio. El cuerpo humano es arte, distensión, equilibrio, el centro mismo del pensamiento MO rey

Fuentes:
Georges Bataille, El erotismo, Tusquets, Barcelona, 2003.
Arnoldo Kraus, Cuando la muerte se aproxima, México, Almadía, 2013
Javier Moscoso, Historia cultural del dolor, México, Taurus, 2011.
Robert Redeker, Egobody. La fábrica del hombre nuevo, FCE, Colombia, 2014.
Michel Serres, Variaciones sobre el cuerpo, FCE, Argentina, 2011.

 

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